El periodismo en ruinas

26 julio 2010

Toreros! Cultura Irracional!!

Filed under: Cultura Basura! — evofdez00 @ 10:40
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Cultura Irracional

Diego J.Fernández

Aquel día se levantó del suelo, magullado, había pasado toda la noche a la intemperie, bajo una lluvia fina, pero constante que le había calado hasta los huesos. Entonces lo vio, iba hacia él montado en un corcel negro. Era el momento que siempre había temido. Lo que tantas veces había visto, pero nunca creyó (hasta ahora) que irían a por él. Ahora era diferente.

Llevaba una largavara fuertemente agarrada en la mano. La imagen del jinete, y su risa malévola le dejaron helado. Un dolor espeluznante en el costado y el sonido que produce un puñal penetrando en la carne, lo despertaron del sopor en el que se hallaba sumido. Entonces vio que el jinete armado, le había atacado, y le había hecho daño, mucho daño. Estaba enfadado, estaba iracundo. Su primera reacción fue dirigirse hacia el jinete, y atacar su montura. Una nueva y aún más dolorosa punzada en el mismo lado hizo que descartara esa idea, y que su pensamiento, ahora, sólo se centrara en huir. Corría de forma agónica, jadeante, el campo aún mojado de la lluvia de la noche anterior, estaba resbaladizo. Un paso en falso hizo que todo su cuerpo moreno, de piel oscura, mestiza cayera al suelo.

El jinete se acercaba. Se levantó dolorido, siguió corriendo. Más adelante una gran multitud, armada con garrotes, gritaba acaloradamente. Atrás el jinete seguía acortando camino. La vara izada, daba pequeños giros en el aire en señal de victoria. Siguió corriendo hacia el tumulto, de pronto, la multitud hizo un hueco entre sus infranqueables filas. El hueco fue el camino por el que decidió seguir. Al entrar por éste, se dio cuenta de que había entrado en un callejón sin salida. Le habían tendido una trampa, detrás suya se cerró una puerta con un sonido metálico y prolongado. Había entrado en un camión. La puerta era demasiado sólida, sus golpes sólo la abollaron un poco. todos sus esfuerzos por salir de allí fueron inútiles.

El habitáculo metálico comenzó a desplazarse, se movían, a no sabía dónde, ni por qué. En la oscuridad empezó a diferenciar elementos; una pequeña cantidad de comida y agua, sus brazos tostados, y oscuros no los vio en el resto del trayecto. Poco después se quedó dormido.

Unos fuertes golpes le despertaron, ya estaban parados, y una luz cegadora entraba por la puerta del camión, ahora abierta. Se levantó torpe y bruscamente, y se dirigió hacia el sol que le hacía daño en los ojos, fuera una empalizada, alta, la cual no le dejaba ver nada más allá de la gran pared de madera.

No podía ver, pero si podía oír, las voces exasperadas, llegaban desde todos los lados, voces asustadas, valerosas, e incluso, voces proclamando el final de su vida. Entonces las reflexiones empezaron a fluir por su cabeza, ¿por qué?,por qué yo, por mi piel…, mi lengua…, mi cultura… , mi religión… ¿A dónde? Cielo… Infierno… ¿Dios? Existe, no… ¿dónde está?…

El sonido de una puerta abriéndose le sacó del estupor en el que estaba. Un repiqueteo de cornetas. La puerta daba a un callejón angosto, y con olor a humedad, olor a miedo, a sangre. Olor a muerte. Al final del callejón otra puerta, cerrada, la furia hizo que su instinto golpeara la puerta. A sus espaldas se cerró la primera puerta, por la que había entrado. El eco de las voces que coreaban su muerte se intensificó aún más.

Estaba acorralado, estaba asustado. De repente, el dolor de una puñalada en la espalda. ¿Por qué ese daño?. Él no había hecho nada. No se lo merecía. Algún cobarde le había clavado algo que no podía ver y huía. La puerta de delante se abrió, no veía. El sol cegaba sus ojos. Pero deseaba salir. Creyó ver una figura delante suya al salir por aquel callejón, todavia cegado tanto por la cegadora luz que dañaba sus ojos como por la cólera que hacía lo propio con su orgullo. La furia tomó posesión de todos sus sentidos. Se fue hacia su agresor con toda la rabia que tenía dentro, y éste lo esquivó una, dos, tres, cuatro veces, perdió la cuenta de cuantas veces lo había engañado. Tras cada engaño, la gente gritaba y coreaba algo incomprensible.

No podía asestarle un buen golpe. Estaba exhausto. Su adversario era más rápido y más ágil, no dejaba de incordiarle para que éste respondiera.

Otro repiqueteo de cornetas. Levantó la cabeza y vio a toda esa gente. Parecían impacientes, ansiosas por ver algo, y ese algo estaba relacionado con él. Tras él, el agresor de esa misma mañana, un jinete, con una vara larga. La ira, controlaba cada uno de sus actos, su ataque contra el jinete fue certero, más pareció ser inútil ya que apenas se movió unos centímetros con el golpe. El dolor que le produjo la vara del jinete hizo que retrocediera.

Su espalda estaba sangrando, no veía la sangre, pero lo sabía, podía notarla corriendo por su oscura espalda. Estaba desconcertado, no sabía que habría hecho para recibir tal trato. ¿Qué habría provocado a toda esa gente para odiarlo tanto?

De nuevo el tañido de las cornetas, no sabía que significarían, pero sabía que no auguraban nada bueno. Nada bueno para él, y sintió miedo, sintió pánico. La gente parecía divertirse con su dolor. Sintió dos puyazos en la espalda, un hombre huía de él, como si fuera un monstruo, sin embargo, el daño lo estaba padeciendo él. Las cornetas tocaron otra vez sus infernales notas. En el centro del recinto su rival, desafiante, lo citaba en el centro de aquél maldito infierno. Se acercó, intranquilo, despacio. El miedo se había apoderado de todo su ser. Sabía que esa persona no tenía buenas intenciones.

Cuando estuvo a una distancia de dos metros, se dio cuenta. El hombre iba armado, vio brillar el acero en la mano de su agresor. Esto le produjo un miedo paralizante. En ese momento el hombre sacó una espada, curva, brillante, afilada. El agresor dio un paso adelante, corto, pero seguro. Otro, un pie delante del otro. El hombre se abalanzó sobre él, le clavó la espalda entera.

Oyó el fervor del público, mientras sentía que le había herido de muerte. Lo notaba, su corazón comenzaba a ir más lento, miró al suelo y contempló el espeso charco de sangre y arena que comenzaba a formarse debajo suya. El corazón se ralentizaba.

El tiempo se ralentizaba, veía ya cercana su muerte, cuando desde su agonía vio que su agresor se daba la vuelta. Éste saludaba al complacido público.

Sacó fuerzas de flaqueza, se levantó del suelo, y golpeó a su agresor por la espalda. Lo último que oyó antes de morir fueron los aullidos asustados de la gente, que ahora ya no parecía tan complacida. Ambos murieron.

Al día siguiente, todos los periódicos anunciaron en la página necrológica la muerte de Paquirri, el más famoso torero de todos los tiempos.

http://www.youtube.com/watch?v=U1zidpFt-94

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